
Había cabalgado durante toda la noche desde Whitehall. Lo reconocí como uno de los mensajeros particulares de lord Cromwell y rompí el sello con aprensión. La carta era del secretario Grey y decía que lord Cromwell deseaba verme de inmediato en Westminster.
En otros tiempos, la perspectiva de encontrarme con mi protector y entrevistarme con él, viéndolo encumbrado en la posición de poder que ocupaba, me habría entusiasmado; pero, durante el último año, yo había empezado a acusar cierto cansancio; cansancio de la política y de la justicia, de la astucia de los hombres y de la inextricable maraña de su naturaleza. Y me apenaba que el nombre de lord Cromwell, más aún que el del rey, hubiera acabado despertando miedo allí donde era pronunciado. En Londres, se decía, las bandas de mendigos se dispersaban tan pronto tenían noticia de su presencia. Aquél no era el mundo con el que nosotros, jóvenes reformistas, soñábamos durante las interminables sobremesas que celebrábamos en casa de algunos. Creíamos, con Erasmo, que la fe y la caridad bastarían para acabar con las disputas religiosas entre los hombres; sin embargo, a principios de aquel invierno de 1537, la situación había degenerado en rebelión, entre un número creciente de ejecuciones y codiciosas luchas por las tierras de los monjes.
Aquel otoño apenas había llovido y los caminos estaban en buen estado, de modo que, aunque mi deformidad me impide cabalgar deprisa, todavía era media tarde cuando llegué a Southwark. Tras un mes en el campo, mi viejo caballo, Chancery, reaccionó al ruido y a los olores con nerviosismo, al igual que yo. Cuando llegué a la entrada de Londres, evité mirar los ojos del puente y las altas picotas donde se exponían las cabezas de los ajusticiados por traición, que en ese momento eran picoteadas por las gaviotas. Siempre he sido de temperamento impresionable. Ni siquiera me gustan las peleas de perros y de osos.
