
El enorme puente estaba tan abarrotado como de costumbre; muchos comerciantes vestían luto por la reina Juana, que había muerto de fiebre puerperal hacía dos semanas. Los tenderos anunciaban sus mercancías desde las puertas de sus comercios, situados en las plantas bajas de unos edificios construidos cerca de la orilla, y tan inclinados que parecía que fueran a caerse al agua. En los pisos superiores, las mujeres recogían aprisa la colada, en vista de las amenazadoras nubes que se acercaban desde poniente. Al oírlas parlotear y llamarse a voces, no pude evitar compararlas, dado mi melancólico humor, con una bandada de cuervos que graznara en las ramas de un gran árbol.
Suspiré y me recordé a mí mismo que tenía obligaciones que cumplir. Si a mis treinta y cinco años poseía una hermosa casa nueva y un próspero despacho de abogado, se lo debía en gran medida a la protección de lord Cromwell. Y trabajar para él era trabajar para la Reforma, hacer algo digno a los ojos de Dios. Al menos, eso creía entonces. Además, debía de tratarse de algo importante, puesto que había enviado a Grey. No había visto al primer secretario y vicario general -en esos momentos, lord (Iromwell tenía ambos cargos- desde hacía dos años. Sacudí las riendas y conduje a Chancery, entre la muchedumbre de viajeros y comerciantes, cortabolsas y cortesanos en ciernes, hacia el inmenso hervidero de Londres.
En Ludgate Hill me entró hambre al ver un tenderete rebosante de manzanas y peras y desmonté para comprar unas pocas. Mientras le daba una manzana a Chancery, vi en una calle lateral un grupo de unas treinta personas que murmuraban excitadamente delante de una taberna. No pude por menos de preguntarme si no se trataría de otro charlatán trastornado por una apresurada lectura de la nueva traducción de la Biblia y metido a profeta. Si era así, más le valía andarse con ojo con los alguaciles.
