Entre las personas que estaban en la parte exterior del grupo, había varias mejor vestidas que el resto. Una de ellas era William Pepper, abogado del Tribunal de Desamortización, al que acompañaba un joven que iba embutido en un estridente jubón acuchillado de colores vivos. Incitado por la curiosidad, tiré de la rienda de Chancery y me acerqué al grupo, procurando evitar la corriente de orines del arroyo. Antes de que llegara a donde estaban, Pepper se volvió.

– ¡Hombre, Shardlake! Este último trimestre os he echado de menos en los tribunales. ¿Dónde os habíais metido? -Mi colega se volvió hacia su acompañante-. Permitidme que os presente a Jonathan Mintling, recién salido de los Inns of Court, la escuela de leyes, y afortunado nuevo miembro de nuestra familia del Tribunal de Desamortización. Jonathan, os presento al doctor Matthew Shardlake, el jorobado más astuto de los tribunales ingleses.

Me incliné ante el joven, haciendo oídos sordos al grosero comentario de Pepper. Recientemente lo había derrotado en los tribunales, y las lenguas de los picapleitos siempre están bien afiladas para la venganza.

– ¿Qué ocurre? -pregunté.

Pepper se echó a reír.

– Ahí dentro hay una mujer que tiene un pájaro de las Indias. Dice que puede hablar tan bien como cualquier cristiano. Estamos esperando que salga con él.

La calle descendía en pendiente hacia la taberna, de modo que, a pesar de mi escasa estatura, podía ver la puerta sin dificultad. En ese momento, una gruesa anciana vestida con mugrientos andrajos apareció en el umbral sosteniendo una percha de hierro con tres pies. Encaramado en ella, había un pájaro en verdad extraño. Era más grande que un cuervo, tenía el pico corto y acabado en un temible gancho, y sus plumas, rojas y doradas, eran tan brillantes que casi deslumbraban en contraste con el sucio gris de la calle. La muchedumbre se arremolinó a su alrededor.



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