La muchedumbre se dispersó entre murmullos de asombro. Yo tiré de las riendas de Chancery y eché a andar hacia la calle principal, acompañado por Pepper y su amigo.

Mi colega había abandonado su habitual arrogancia. -He oído contar muchas maravillas de ese Perú conquistado por los españoles. Siempre he pensado que la mitad de las fábulas que nos llegan de las Indias no son creíbles, pero esto… ¡Pardiez!

– Es un truco -dije yo-. ¿No os habéis fijado en los ojos del pájaro? No se ve en ellos la menor inteligencia. Y el modo en que ha parado de hablar para arreglarse las plumas…

– Pero ha hablado, señor -repuso Mintling-. Todos lo hemos oído.

– Se puede hablar sin saber. ¿Y si el pájaro se limita a repetir las palabras de la vieja, del mismo modo que un perro acude a la llamada de su amo? He oído decir que los arrendajos también pueden hacerlo.

Llegamos a la esquina y nos detuvimos. Pepper sonrió de oreja a oreja.

– La verdad es que en la iglesia la gente responde a los latinajos del cura sin saber lo que significan.

Me encogí de hombros. Aquellas opiniones sobre la misa latina no eran ortodoxas, y no pensaba dejarme arrastrar a una polémica religiosa.

– Bueno, me temo que debo dejaros -les dije esbozando una reverencia-. Lord Cromwell me espera en Westminster.

El joven pareció impresionado, y Pepper se esforzó en no parecerlo; mientras tanto, yo había montado a lomos de Chancery me abría paso entre el gentío, sonriendo con ironía. Los abogados son los animales más chismosos creados por Dios, y no me perjudicaría en absoluto si Pepper hacía correr la voz por los tribunales de que yo tenía una audiencia personal con el primer secretario. Pero mi regocijo duró poco, pues cuando llegué a Fleet Street comenzaron a estallar gruesas gotas contra el polvoriento empedrado y, a la altura de Temple Bar, la lluvia caía con fuerza y me azotaba el rostro. Me calé la capucha de la capa y la sujeté mientras seguía mi camino bajo el temporal.



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