Cuando llegué al palacio de Westminster, el aguacero se había convertido en diluvio y el agua caía a cántaros sobre mí. Los pocos jinetes con los que me crucé iban, como yo, encorvados bajo las capas e intercambiaron conmigo exclamaciones sobre la que nos estaba cayendo encima.

Ya hacía algunos años que el rey se había trasladado a su nuevo y magnífico palacio de Whitehall, y ahora Westminster servía principalmente como sede de los tribunales. El de Desamortización había sido creado recientemente para adjudicar las propiedades de los conventos que habían sido clausurados en el último año. Lord Cromwell y su creciente séquito de funcionarios también tenían sus oficinas en el palacio, por lo que siempre estaba muy concurrido.

Generalmente, el patio se encontraba abarrotado de abogados vestidos de negro que examinaban pergaminos y de funcionarios que discutían o conspiraban en rincones apartados. Pero ese día la lluvia había ahuyentado a todo el mundo, y estaba casi desierto. Sólo se veía a un puñado de hombres desaliñados y pobremente vestidos, apiñados bajo la lluvia en la puerta de Desamortización. Eran antiguos monjes de las órdenes disueltas que habían ido a reclamar las parroquias que la ley les prometía. El funcionario debía de estar ausente; tal vez fuera el señor Mintling.

Uno de los monjes, un anciano de porte orgulloso, vestía aún el hábito cisterciense. Llevar semejante atuendo cerca de lord Cromwell era una auténtica temeridad.

Por lo general, los antiguos monjes parecían perros apaleados, pero aquéllos miraban con expresión horrorizada hacia un extremo del patio, donde unos carreteros descargaban dos enormes carromatos y amontonaban su contenido contra un muro, maldiciendo el agua que se les metía en los ojos y en la boca.



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