Había tres centímetros de separación entre cada uno de los seis óvalos. Todos presentaban marcas de dientes, demasiado extendidas para sacar moldes. Eran demasiado grandes para que una boca humana los hubiera hecho de una dentellada. Danny extrajo sangre coagulada de los conductos intestinales que salían por las heridas, colocó las muestras en platinas y se lanzó a una audaz especulación que habría irritado al doctor Layman: el asesino había usado uno o varios animales para mutilar el cadáver.

Danny observó el pene del muerto, descubrió inequívocas marcas de dientes humanos en el glande: lo que Layman llamaba «afecto homicida», buscando risas en un aula atestada de policías ambiciosos. Sabía que debía registrar la parte inferior y el escroto. Advirtió que Ralph Carty le observaba y puso manos a la obra. No encontró más mutilaciones.

– Lo han dejado seco -rió Carty.

– Cierre el pico -dijo Danny.

Carty se encogió de hombros y siguió leyendo un ejemplar de Screenworld. Danny hizo girar el cadáver y soltó un suspiro.

Una maraña de tajos profundos cruzaba la espalda y los hombros en todas las direcciones. Había astillas de madera pegadas a las angostas estrías de sangre reseca.

Danny comparó las mutilaciones del frente y la espalda tratando de llegar a una conclusión. Un sudor frío le empapaba los puños de la camisa, haciéndole temblar las manos. Oyó un rezongo:

– Carty, ¿quién es este tipo? ¿Qué está haciendo?

Danny se volvió, luciendo una sonrisa pacificadora; vio a un hombre gordo con un delantal blanco manchado y un sombrero de cotillón donde decía «1950» en lentejuelas verdes.

– Agente Upshaw. ¿Es usted el doctor Katz?

El gordo iba a darle la mano, pero cambió de parecer.

– ¿Qué hace con ese cadáver? ¿Y con qué permiso entra aquí para interferir en mi trabajo?

Carty se encogía a espaldas de Katz, dirigiendo una mirada de súplica.

– Me llamaron para este asunto y quise preparar el cuerpo personalmente. Estoy capacitado para eso. Le mentí a Ralph, diciéndole que usted decía que era kosher.



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