
– Lárguese, Upshaw -espetó Katz.
– Feliz Año Nuevo -dijo Danny.
– Es la verdad, doctor -intervino Ralph Carty-. Que me trague la tierra si miento.
Danny guardó su instrumental, preguntándose adónde ir, si a la calle Allegro o a su casa, a dormir y a soñar: Kathy Hudgens, Buddy Jastrow, la sangrienta escena en una casa de un camino del condado de Kern. Mientras caminaba hacia la rampa, miró atrás. Ralph Carty estaba repartiendo el dinero del soborno con el médico que llevaba sombrero de cotillón.
2
El teniente Mal Considine contemplaba una fotografía de su esposa y su hijo, tratando de no pensar en Buchenwald.
Eran poco más de las ocho de la mañana; Mal estaba en su cubículo de la Oficina de Investigación Criminal de la Fiscalía, después de un profundo sueño producido por un exceso de scotch. Tenía los pantalones llenos de confeti; la coqueta estenógrafa le había dibujado besos en la puerta, poniendo la inscripción OFICIAL EJECUTIVO entre paréntesis debajo de Crimson Decadence de Max Factor. El sexto piso del Ayuntamiento parecía una plaza de armas después del desfile; Ellis Loew acababa de despertarlo con una llamada telefónica: tenía que encontrarse con él y «otra persona» en el Pacific Dining Car dentro de media hora. Y había dejado a Celeste y Stefan solos en casa para recibir la llegada de 1950, pues sabía que su esposa transformaría esa ocasión en una guerra.
Mal cogió el teléfono y llamó a su casa. Celeste atendió al tercer timbrazo.
– ¿Sí? ¿Quién es este que llama?-La torpeza de la construcción indicaba que había estado hablando en checo con Stefan.
– Soy yo. Quería avisarte que tardaré unas horas más. -¿La rubia se puso exigente, Herr teniente?
– No hay ninguna rubia, Celeste. Sabes que no hay ninguna rubia, y sabes que siempre duermo en el Ayuntamiento después de Año Nuevo…
