
Mal golpeó la mesa al estilo Dudley Smith.
– Quinto, ambos sabemos que el fiscal de distrito quiere a alguien de fuera como jefe de investigación. Acudirá al FBI o hurgará en el Departamento antes de elegirme a mí.
Ellis Loew se inclinó hacia delante.
– Mal, ha accedido a dártelo a ti. Jefe de investigación y capitán. ¿Tienes treinta y ocho años?
– Treinta y nueve.
– Un bebé. Haz bien el trabajo y dentro de cinco años te lloverán ofertas para ser jefe de policía. Y yo seré fiscal de distrito, y McPherson será vicegobernador. ¿Aceptas?
Ellis Loew tenía la mano apoyada en la mesa; Dudley Smith la cubrió con la suya y sonrió, todo amabilidad. Mal pasó revista a sus casos: el asesinato de una ramera en Chinatown, la muerte de dos negros en Watts, el asalto a un prostíbulo frecuentado por altos mandos del Departamento de Policía. Baja prioridad, ninguna prioridad. Apoyó la mano encima de las otras y dijo:
– Acepto.
Separaron las manos. Smith le guiñó el ojo.
