
Mal cogió un panecillo. Mantuvo la voz firme para demostrar al corpulento irlandés que no le tenía miedo.
– No, una interpretación popular en el Departamento de Policía. Yo estaba allí entonces, y los hombres con quienes trabajaba calificaron el trabajo de pura y simple basura. Además…
Loew elevó la voz justo cuando la de Mal empezaba a temblar.
– Caballeros, por favor.
La interrupción permitió a Mal tragar saliva, recobrar la compostura y dispararle una fría mirada a Dudley Smith. El grandote le respondió con una sonrisa blanda.
– Basta de discutir por un inútil mexicano muerto -dijo, y extendió la mano. Mal la estrechó; Smith le guiñó el ojo.
– Así está mejor -aprobó Ellis Loew-, porque aquí no nos importa si eran culpables o no. Lo cierto es que el caso de Sleepy Lagoon atrajo a muchos subversivos y ellos lo explotaron para sus propios fines. Esa es nuestra perspectiva. Sé que ambos queréis estar con vuestra familia, así que seré breve. Esencialmente, traeréis lo que los federales llaman «testigos amigables», miembros de la UAES y otros izquierdistas deseosos de salir limpios de sus asociaciones con comunistas y de cantar nombres. Tenéis que conseguir declaraciones estableciendo que las películas procomunistas en que trabajó la UAES formaban parte de una conspiración consciente, propaganda para apoyar la causa roja. Tenéis que conseguir pruebas legales: actividades subversivas dentro de la ciudad de Los Ángeles. Tampoco vendría mal conseguir nombres importantes. Es sabido que muchos astros de Hollywood apoyan este movimiento. Eso nos serviría como…
Loew hizo una pausa.
– ¿Marquesina?-insinuó Mal.
– Sí, bien dicho, aunque un poco cínico. Veo que el patriotismo no te resulta natural, Malcolm. Pero deberías tratar de infundir cierto fervor a esta misión.
Mal recordó el rumor de que Mickey Cohen había comprado parte del sindicato de Transportistas a su representante de la Costa Este, un ex pistolero que buscaba capital para invertir en casinos de La Habana.
