– Mickey Cohen podría suministrar unos dólares si el Ayuntamiento anda corto de fondos. Apuesto a que no le molestaría echar a la UAES para que entren sus muchachos. En Hollywood se puede ganar mucho dinero.

Loew se sonrojó. Dudley Smith tamborileó sobre la mesa con su enorme nudillo.

– Nuestro amigo Malcolm no es tonto. Así es, muchacho. A Mickey le gustaría que sus Transportistas entraran y a los estudios les gustaría que la UAES saliera. Lo cual no impide que la UAES esté llena de rojos. ¿Sabías que una vez fuimos casi colegas?

Mal lo sabía: en el 41, Thad Green le había ofrecido una transferencia al Escuadrón Especial, cuando acababan de ascenderlo a sargento. Mal la había rechazado porque no tenía agallas para pelear con atracadores y derribar puertas pistola en mano, la diplomacia de las armas: obligar a sujetos peligrosos a respetar la libertad condicional, moliéndolos a palos para disuadirlos de viajar a San Quintín. Dudley Smith había matado a cuatro hombres en ese puesto.

– Yo quería trabajar en Antivicio.

– No te culpo, muchacho. Menos riesgos, más posibilidades de ascenso.

Los viejos rumores: el agente/sargento/teniente Mal Considine, Departamento de Policía/Fiscalía de Distrito, no quería ensuciarse las manos. Se había asustado cuando era novato y trabajaba en la División de la calle Setenta y siete, el corazón de la selva. Mal se preguntó si Dudley Smith sabría algo sobre el nazi de Buchenwald.

– Así es. Nunca vi posibilidades allí.

– Era divertido, muchacho. Habrías congeniado bien. Los demás no lo creían así, pero tú los habrías convencido.

Está al corriente de los rumores. Mal miró a Ellis Loew y dijo:

– Concretemos esto. ¿Cuál es la artillería pesada que mencionaste?

Loew los miró a ambos.

– Tenemos dos hombres que nos ayudan. El primero es un ex federal llamado Edmund J.



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