Luego cinco sujetos que conducían ebrios; una tanda de borrachos y alborotadores cuando cerraron los clubes del Strip; un asalto a mano armada frente a Dave's Blue Room: las víctimas, dos patanes de Iowa que visitaban la ciudad por el Rose Bowl; los delincuentes, dos negros que huyeron en un Mercedes 47 con guardabarros rojos. Cuando la lluvia amainó, poco después de las 3.00, el detective Danny Upshaw, agente de guardia, pronosticó que los 50 serían una década de mierda.

Salvo por los borrachos y otros revoltosos encerrados en la celda, estaba solo. Todos los coches patrulla, con insignias o sin ellas, estaban de servicio; no había cadena de mando, ni secretaria, ni policías de paisano. Ningún polizonte uniformado alardeando acerca de su espléndido trabajo: Sunset Strip, mujeres llamativas, cestos de Navidad de Mickey Cohen, el problema jurisdiccional con el Departamento de Policía de Los Ángeles. Nadie que frunciera el ceño cuando él cogiera sus textos de criminología: Vollmer, Thorwald, Maslick, el examen de la escena del delito, el análisis de las manchas de sangre, cómo registrar un cuarto de seis metros por ocho en una hora.

Danny se puso a leer, después de apoyar los pies en el escritorio y de bajar el volumen de la radio que lo mantenía en contacto con los coches patrulla. Hans Maslick hacía digresiones sobre el modo de tomar huellas digitales cuando había quemaduras en los dedos, los mejores compuestos químicos para extraer costras de tejido sin chamuscar la piel donde estaba el dibujo de la huella. Maslick había perfeccionado esta técnica después del incendio de la cárcel de Düsseldorf en 1931. Tenía muchos cadáveres y muestras con que trabajar; en las cercanías había una fábrica química, con un ambicioso asistente de laboratorio ansioso de ayudarlo.



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