El agente de bienes raíces le había hablado de treinta dólares por acre como máximo. Más le valía conservarlo. No podía devaluarse mucho más. Poseía un cupé Eldorado 48 verde, igual al de Mickey C., pero sin el blindaje a prueba de balas. Tenía un montón de trajes de Oviatt's y London Shop, y todos los pantalones le apretaban la cintura: Mickey le había regalado ropa, pues Buzz y el menudo y ostentoso judío gastaban la misma talla. Pero Mick tiraba las camisas que había usado dos veces, y la lista de deudas estaba desbordando la página para ocupar el secante del escritorio.

Sonó el teléfono. Buzz lo cogió.

– Seguridad. ¿Quién habla?

– Sol Gelfman, Buzz. ¿Me recuerdas?

El viejo de la MGM cuyo nieto robaba coches, un simpático muchacho que sacaba descapotables de los aparcamientos de Restaurant Row, atravesaba Mulholland como un bólido y siempre dejaba su tarjeta de visita -una gran pila de excrementos- en el asiento trasero. Había sobornado al agente que lo había arrestado, quien había alterado su informe para denunciar dos robos -en vez de veintisiete-y había omitido toda mención a los excrementos. El juez había puesto al muchacho en libertad condicional, aduciendo su buena familia y su brío juvenil.

– Claro. ¿En qué puedo servirle, señor Gelfman?

– Bien, Howard dijo que te llamara. Tengo un pequeño problema, y Howard aseguró que podías ayudarme.

– ¿Su nieto ha vuelto a las andadas?

– No, por Dios. En mi nueva película hay una muchacha que necesita ayuda. Unos malandrines tienen fotos obscenas de ella, anteriores a mi contrato. Les di algo de dinero para que se portaran bien, pero no se dan por satisfechos.

Buzz resopló. Al parecer tendría que machacar cabezas.

– ¿Qué clase de fotos?

– Desagradables. Con animales. Lucy y un gran danés que tiene una verga como la de King Kong. Ojalá tuviera yo una verga como ésa.



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