
Sonó el teléfono. Buzz lo cogió.
– Seguridad. ¿Quién habla?
– Sol Gelfman, Buzz. ¿Me recuerdas?
El viejo de la MGM cuyo nieto robaba coches, un simpático muchacho que sacaba descapotables de los aparcamientos de Restaurant Row, atravesaba Mulholland como un bólido y siempre dejaba su tarjeta de visita -una gran pila de excrementos- en el asiento trasero. Había sobornado al agente que lo había arrestado, quien había alterado su informe para denunciar dos robos -en vez de veintisiete-y había omitido toda mención a los excrementos. El juez había puesto al muchacho en libertad condicional, aduciendo su buena familia y su brío juvenil.
– Claro. ¿En qué puedo servirle, señor Gelfman?
– Bien, Howard dijo que te llamara. Tengo un pequeño problema, y Howard aseguró que podías ayudarme.
– ¿Su nieto ha vuelto a las andadas?
– No, por Dios. En mi nueva película hay una muchacha que necesita ayuda. Unos malandrines tienen fotos obscenas de ella, anteriores a mi contrato. Les di algo de dinero para que se portaran bien, pero no se dan por satisfechos.
Buzz resopló. Al parecer tendría que machacar cabezas.
– ¿Qué clase de fotos?
– Desagradables. Con animales. Lucy y un gran danés que tiene una verga como la de King Kong. Ojalá tuviera yo una verga como ésa.
