
Buzz Meeks cogió una pluma para anotar en el dorso de su lista de deudas.
– ¿Quién es la chica y qué sabe usted de los chantajistas?
– No sé nada de los recaudadores. Envié a mi ayudante de producción con el dinero para que los conociera. La chica es Lucy Whitehall. Un detective privado rastrea las llamadas. El que dirige la extorsión es un griego que folla con ella, Tommy Sifakis. ¿Has visto qué descaro? Chantajea a su propia amiga y pide el dinero desde su acogedor nido de amor. Otros se encargan de recoger la pasta y Lucy ni siquiera sabe que le están tomando el pelo. Vaya desfachatez.
Buzz pensó en etiquetas con precios; Gelfman continuó.
– Buzz, para mí esto vale quinientos dólares, y te hago un favor, porque Lucy hacía strip-tease con Audrey Anders, la amiguita de Mickey Cohen. Podría haber acudido a Mickey, pero una vez te portaste bien conmigo, así que te doy el trabajo. Howard dijo que sabrías cómo solucionarlo.
Buzz vio su vieja porra colgada del picaporte del cuarto de baño y se preguntó si aún tendría práctica.
– El precio es mil dólares, señor Gelfman.
– ¿Qué? ¡Es un atraco!
– No, es extorsión criminal solucionada fuera de los tribunales. ¿Tiene el domicilio de Sifakis?
– ¡Mickey lo haría gratis!
– Mickey metería la pata y le implicaría en un homicidio. ¿Dónde vive Sifakis?
Gelfman suspiró.
– Maldito patán de Oklahoma. En Vista View Court 1187, en Studio City, y por mil dólares quiero que esto quede bien limpio.
– Como un asiento trasero con mierda -replicó Buzz, y colgó. Manoteó su porra reglamentaria y se dirigió a Cahuenga Pass.
Tardó una hora en llegar al Valle; pasó otros veinte minutos recorriendo complejos residenciales en busca de Vista View Court: cubos de estuco dispuestos en semicírculos al pie de Hollywood Hills. El número 1187 era una casa prefabricada color melocotón. La pintura ya se estaba desconchando y los paneles de aluminio tenían manchas de óxido.
