
Ojos arrancados. Órganos sexuales golpeados. Músculos desgarrados. Danny siguió la ambulancia lamentando que su coche no tuviera sirena para llegar antes.
Los depósitos de cadáveres de la ciudad y el condado de Los Ángeles ocupaban la planta baja de un almacén de Alameda, al sur de Chinatown. Un tabique de madera separaba las dos instituciones: tablas para examinar cadáveres, refrigeradores y mesas de disección para los cuerpos hallados dentro de los confines de la ciudad; otro conjunto de instalaciones para los cadáveres de la zona perteneciente al Departamento del sheriff. Antes de que Mickey Cohen conmoviera al Departamento de Policía y a la Oficina del Alcalde con sus revelaciones sobre Brenda Allen -altos funcionarios que recibían dinero de las prostitutas más famosas de Los Ángeles- había existido una sólida colaboración entre la ciudad y el condado. Los patólogos y los camilleros compartían las mantas de plástico, las sierras para huesos y el líquido de conservación. Ahora que los policías del condado daban refugio a Cohen en el Strip, sólo había roces entre ambos departamentos.
La oficina de personal del Departamento de Policía había promulgado edictos: prohibido prestar instrumentos médicos de la ciudad; prohibido confraternizar con el personal del condado mientras se estaba de servicio; prohibido hacer juerga a la luz de los mecheros Bunsen, por miedo a que se etiquetaran mal los cadáveres y que los fragmentos de cuerpos robados como recuerdos condujeran a escándalos que respaldaran las revelaciones de Brenda Allen. Danny Upshaw siguió la camilla que llevaba al cadáver 1-1/1/50 al depósito del condado, consciente de que las probabilidades de lograr que su patólogo favorito de la ciudad hiciera la autopsia eran casi nulas.
