Gibbs rió y siguió escribiendo; Danny se levantó, irritado ante la insolencia del uniformado. Cuando dejó de hablar, el tufo del cadáver le pegó como un puñetazo. Se le aflojaron las piernas y se le revolvió el estómago. Apuntó la linterna hacia abajo. Alrededor del muerto, el suelo estaba pisoteado por botas reglamentarias del Departamento del sheriff. Los agentes habían borrado toda posible huella de llantas.

– No estoy seguro de haber escrito bien todas las palabras -dijo Gibbs.

Danny volvió a encontrar su voz de libro de texto.

– No tiene importancia. Conserva esas notas y dáselas al capitán Dietrich por la mañana.

– Pero salgo a las ocho. El capitán llega a las diez, y tengo entradas para la bolera.

– Lo lamento, pero te quedarás aquí hasta que te releven o aparezcan los técnicos del laboratorio.

– El laboratorio del condado está cerrado en Año Nuevo, y tengo las entradas…

Una ambulancia del médico forense frenó junto a las vallas, apagando la sirena; Danny se volvió hacia Henderson.

– Abandonad el lugar. No quiero periodistas ni curiosos. Gibbs se queda aquí. Tú y Deffry, indagad por el vecindario. Ya conocéis la rutina: testigos que hayan visto traer al cadáver, remolones sospechosos, vehículos.

– Upshaw, son las cuatro y veinte de la madrugada.

– Bien. Empezad ahora y a mediodía habréis terminado. Entregad a Dietrich un informe por duplicado. Anotad todas las direcciones donde no haya nadie en casa, las visitaremos después.

Henderson se fue deprisa a su coche; los hombres del forense pusieron el cuerpo en una camilla y lo cubrieron con una manta mientras Gibbs les hablaba a borbotones del campeonato del Rose Bowl y del caso de la Dalia Negra, que seguía irresuelto y aún era un tema candente. El resplandor de las luces rojas, las linternas y los faros bailaban sobre el terreno revelando detalles: charcos de lodo que reflejaban el claro de luna y las sombras, la luminosa bruma de Hollywood a lo lejos.



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