Evan se mordió el labio.

– No lo dudo. ¿Hizo también un traje de lana marrón para otro caballero, posiblemente pariente suyo? Le hablo de un hombre de cincuenta y tantos años, de mediana estatura y constitución más bien robusta. Tenía el pelo cano, bastante más rubio que el de Rhys Duff, diría yo.

– Sí, señor. -Jiggs suspiró temblorosamente-. Hice varios trajes para Don Leighton Duff, padre del señor Rhys Duff. Mucho me temo que es la persona que me acaba de describir. ¿También está herido?

– Siento decirle que ha muerto, señor Jiggs. Deme el número de su domicilio en Ebury Street, por favor. Tengo el triste deber de informar a la familia.

– Oh, vaya, por supuesto. Esto sí que es terrible. Ojalá supiera cómo ayudarle. -Dio un paso atrás al decirlo, pero por su mirada parecía realmente afligido y Evan estaba dispuesto a creerlo, al menos en parte.

– ¿El número de Ebury Street? -repitió-. Sí… Sí. Creo que es el treinta y cuatro, si la memoria no me falla, pero deje que lo compruebe en los libros. Sí, claro, ahora mismo se lo doy.

A pesar de todo, Evan no fue directamente a Ebury Street, sino que antes pasó de nuevo por St Thomas. En cierto sentido, resultaría más grato para la familia saber que, al menos, Rhys Duff seguía con vida, tal vez incluso que estaba consciente. Y si estaba en condiciones de hablar, quizá le contaría lo ocurrido y Evan tendría que hacer menos preguntas.

Además, una parte de su ser todavía no estaba preparada para ir a decirle a una mujer que su marido había muerto y que su hijo tal vez no sobreviviría, pues nadie sabía aún con exactitud el alcance de sus heridas, su dolor o su posible discapacidad.



23 из 391