
Encontró a Riley de inmediato, con el aspecto de haber pasado toda la noche allí. Desde luego, parecía ir vestido con las mismas ropas, porque presentaban las mismas arrugas y manchas de la víspera.
– Sigue vivo -dijo en cuanto vio a Evan, anticipándose a su pregunta-. Empezó a despertarse hará cosa de una hora. Vayamos a ver si ha vuelto en sí. -Y emprendió la marcha a grandes zancadas, como si él también anhelara saberlo.
En el pabellón había mucho movimiento. Dos médicos jóvenes cambiaban vendajes y examinaban heridas. Una enfermera que no aparentaba más de quince o dieciséis años acarreaba cubos de agua sucia, con los hombros caídos debido al esfuerzo que hacía para no derramarlos. Una mujer vieja a duras penas podía con un cubo de carbón y Evan se ofreció a llevarlo, pero ella rehusó mirando nerviosamente a Riley. Otra enfermera agarró un amasijo de ropa sucia y pasó rozándolos apartando la mirada. Riley parecía no percatarse de nada, toda su atención se centraba en los pacientes.
Evan le siguió hasta el fondo del pabellón, donde vio con un profundo alivio, borrado de inmediato por la angustia, que Rhys Duff yacía inmóvil boca arriba con los ojos abiertos, unos ojos grandes y oscuros que miraban fijamente al techo donde se diría que sólo veían horror.
Riley se detuvo junto a la cama y le miró con cierta preocupación.
– Buenos días, señor Duff -dijo muy despacio-. Se encuentra usted en el hospital de St Thomas. Yo me llamo Riley. ¿Cómo se encuentra?
Rhys Duff volvió ligeramente la cabeza hasta que sus ojos encontraron a Riley.
– ¿Cómo se encuentra, señor Duff? -repitió Riley.
Rhys abrió la boca y movió los labios, pero no emitió sonido alguno.
– ¿Le duele la garganta? -preguntó Riley frunciendo el ceño. Saltaba a la vista que no se lo esperaba.
Rhys le miró fijamente.
