– Gracias… Sois muy amables… Yo… -Sufrió un estremecimiento-. Ni siquiera sé lo que quiero, todavía… Lo que tengo que hacer. -Se puso en pie, se tambaleó un instante y buscó el brazo que él le ofreció al instante-. Lo primero es ir a St Thomas y ver a Rhys.

– ¿Te parece prudente? -advirtió el doctor-. Acabas de sufrir una tremenda conmoción, querida. Permíteme ir en tu lugar. Yo al menos podré comprobar que recibe los mejores cuidados y atenciones profesionales. Me encargaré de que lo traigan a casa en cuanto sea viable desde el punto de vista médico. Mientras tanto, me ocuparé de él personalmente, te lo prometo.

Sylvestra titubeó, debatiéndose entre el amor y el sentido común.

– ¡Deja que por lo menos lo vea! -suplicó-. Llévame. Prometo no ser una carga. ¡Aún puedo dominarme!

El médico sólo dudó un instante.

– Por supuesto. Toma un poco de coñac para cobrar ánimo y te acompañaré. -Volvió la vista a Evan-. Estoy seguro de que ya ha terminado aquí, sargento. Cualquier cosa que precise saber podrá esperar a un momento más oportuno.

Fue poco menos que echarlo, cosa que Evan aceptó casi con cierto alivio. En ese momento, poco más sacaría en claro. Tal vez más adelante hablaría con el ayuda de cámara y otros sirvientes. El cochero quizá supiera dónde acostumbraba a ir su señor. Mientras tanto conocía a algunas personas en St Giles, confidentes, hombres y mujeres a quienes presionar un poco, preguntando con criterio, y con suerte sonsacarles un montón de información.

– Por supuesto -concedió, poniéndose en pie-. Procuraré molestarla lo menos posible, señora.



34 из 391