
Se marchó mientras el doctor cogía la licorera que le alcanzó el mayordomo y servía una copa.
Una vez en la calle, donde empezaba a nevar, se levantó el cuello del abrigo y caminó a buen paso. Se preguntó qué habría hecho Monk. ¿Se le habrían ocurrido preguntas agudas y mordaces cuyas respuestas habrían revelado un nuevo hilo de verdad a seguir y desenmarañar? ¿Le habrían abrumado menos que a Evan la piedad y el horror? ¿Acaso sus emociones le habían impedido percatarse de algo evidente?
Seguramente lo más obvio fuese que padre e hijo habían ido de putas a St Giles y habían pecado de imprudentes, quizá pagaron menos de lo requerido, quizá se mostraron despóticos o arrogantes, haciendo ostentación de su dinero y sus relojes de oro, y un rufián, envalentonado por la bebida, les había atacado y luego, cual perro ante el olor de la sangre, había perdido totalmente el control.
Fuera como fuese, ¿qué podía saber la viuda al respecto? Había hecho bien en no hostigarla.
Agachó la cabeza contra el viento del este y apretó el paso.
Capítulo 2
Rhys Duff siguió ingresado en el hospital dos días más hasta que el lunes, cinco días después del asalto, le llevaron a su casa, aún con agudos dolores y sin haber pronunciado una sola palabra. En principio, el doctor Corriden Wade pensaba visitarlo a diario y luego, a medida que progresara, cada dos días, aunque por supuesto iba a ser necesario que contara con la asistencia de una enfermera profesional. Siguiendo la recomendación del joven policía que llevaba el caso, y tras efectuar las pesquisas de rigor acerca de su capacidad, Wade estuvo de acuerdo en contratar a una de las mujeres que habían ido a Crimea con Florence Nightingale, una tal señorita Hester Latterly. Por fuerza estaría acostumbrada a cuidar de hombres jóvenes que habían sufrido heridas casi mortales en combate. Su elección se consideró muy acertada.
