Ahora, como viuda con una considerable fortuna, quizá ya no lo fuese tanto. Lo cierto es que había quienes la consideraban un tanto excéntrica. Había firmado un trato con un investigador privado a quien apoyaba económicamente en las épocas de escasez, a cambio de que compartiera con ella sus casos más interesantes. Algo que distaba mucho de ser un acuerdo respetable pero que le resultaba tremendamente distraído, a veces trágico y siempre absorbente. Con frecuencia se alcanzaba, cuando no la felicidad, al menos una resolución, una especie de justicia.

El coche de caballos avanzaba a buena marcha entre el tráfico. Hester temblaba de frío.

Y luego estaba el investigador en cuestión. Charles jamás habría aprobado a alguien como William Monk. ¿Cómo podía la sociedad aceptar a un hombre sin memoria? ¡Podría ser cualquiera! Las posibilidades eran infinitas y casi todas desagradables. De haber sido un héroe, un aristócrata o un caballero, alguien lo habría reconocido y reclamado.

Puesto que lo único que sabía sobre sí mismo con total certeza era que pertenecía a la policía, aquello lo situaba automáticamente en una categoría social inferior a la del más lamentable comerciante. Y, por supuesto, el comercio estaba por debajo de cualquier profesión. Los hijos menores de la alta burguesía ingresaban en el ejército, se hacían curas o abogados, eso si no se casaban con una dama acaudalada librándose de la necesidad de tener que hacer nada. Los primogénitos, naturalmente, heredaban tierra y dinero, y vivían en consecuencia.

Tampoco es que resultara sencillo calificar la amistad entre Hester y Monk. En medio del tráfico, bajo la intensa lluvia, lo meditó con una mezcla de emociones, todas preocupantemente intensas. Habían pasado del desprecio mutuo inicial a una clase de confianza que para ella no tenía comparación posible y, a su juicio, tampoco lo tenía para él. Sin embargo, como si de pronto les asustara tanta vulnerabilidad, no habían tardado en reñir, criticarse y dar rienda suelta al mal genio.



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