
Para la propia Hester suponía un cambio agradable tras haber cuidado a una dama anciana y en extremo pesada, cuyos problemas eran, en gran medida, cuestión de su mal genio y del aburrimiento, agravados, aunque sólo levemente, por dos dedos rotos de un pie. Probablemente se las habría arreglado igual de bien con una doncella competente, pero sentía que su situación entrañaba un mayor dramatismo con una enfermera y no perdía ocasión para impresionar a sus amigos comparando su estado con el de los héroes de guerra a quienes Hester había atendido antes que a ella.
A Hester le costaba un gran esfuerzo no perder la compostura con la anciana y conseguía hacerlo únicamente porque necesitaba el empleo para sobrevivir. La ruina económica de su padre la había dejado sin herencia. Su hermano mayor, Charles, siempre se mostró dispuesto a hacerse cargo de ella, tal como se esperaba que todo hombre hiciera con sus familiares solteras. Pero semejante dependencia habría resultado asfixiante para una mujer como Hester, que había llegado a saborear una extraordinaria libertad en Crimea, así como una responsabilidad al mismo tiempo estimulante y aterradora. Sin duda, no iba a pasar el resto de sus días llevando una vida hogareña, obedeciendo agradecida a un hermano más bien poco imaginativo, por amable que éste fuera.
Era infinitamente más práctico morderse la lengua y abstenerse de decirle a miss Golightly que era una estúpida… durante esas pocas semanas.
Mientras se acomodaba en el coche de caballos que iba a llevarla a su nuevo puesto, pensó que su independencia presentaba otras ventajas dignas de consideración. Era libre de trabar amistad donde y con quien ella quisiera. Charles no habría puesto pega alguna a Lady Callandra Daviot; bueno, como mínimo ninguna objeción severa. Era de buena familia y se había mostrado como una mujer sumamente respetable en vida de su marido, un cirujano militar.
