Abrió los postigos de madera, que crujieron con agudos y fugaces chirridos, y se frotó los ojos con las patitas antes de fruncir el hocico, todo ello imaginario, mientras se agachaba frente a mí, olisqueándome las mejillas.

Sin poder contener la risa, me aparté de él.

– Haces muy bien de ratón, papá -le dije.

– Me alegro de hacer algo bien. ¿Qué pasa ahora con todos esos chillidos? ¿Y todas esas voces que has oído en tu vida? -Me dio unos golpecitos en la cabeza-. Están ahí dentro, ¿no? -preguntó.

Asentí y se volvió hacia la ventana. Respiró hondo, dando gracias, a su manera, en silencio, por los arrozales dorados y las nubes rosadas. A veces pienso que cuando papá se sentía más él mismo era cuando observaba los colores del mundo. Nos parecimos siempre en eso, en el modo de acercarnos al mundo a través de los ojos.

– Parece que los ratones nos han traído el viento de levante esta noche -dijo con satisfacción-. Y el viento debe haberle pedido al bosque que nos mande sus fragancias. -Movió la cabeza de lado a lado, asombrado por la simplicidad de esas cosas, y recogió el cepillo de madera de teca de mi madre, que estaba sobre la mesa que tenía detrás. Lo sostuvo en sus manos como si eso le diera vida, y supe que estaba a punto de encerrarse en su habitación, donde podría sentarse solo, con el recuerdo de mamá.

– ¿Pasa algo, papá? -pregunté.

– No, es sólo que… Ti, ya sabes que tengo casi cuarenta y un años. Y aun así, soy capaz de recordar todos los aromas de Constantinopla como si aún viviera allí.

Mi nombre era Tiago, pero toda mi familia me llamaba Ti.

Papá miraba más allá de donde yo me encontraba, veía su infancia y se frotaba el pelo, hirsuto, ya canoso.

– Me encantaban los montones de azafrán y clavo del Gran Bazar-dijo en tono soñador-. Y la fragancia de la túnica de lana de tu abuelo cuando llovía, tan oscura y parecida al musgo. Y la baklava de las panaderías lo impregnaba todo de un aroma parecido al de la miel, incluso la luz que se reflejaba en el Cuerno Dorado. ¿Cómo crees que todas esas cosas permanecen en nuestro interior durante tantos años?



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