
– Quizá se pegan a algo -sugerí.
Echó la cabeza hacia atrás, sorprendido.
– O sea -respondió enfadado, con el ceño fruncido-, ¿crees que Dios impregna nuestras almas con cola? Dime, ¿te parecen graciosas mis preguntas?
Papá me miró fijamente y lanzó el cepillo con la fuerza propia de un asesino. Pasó zumbando cerca de mi cabeza y se estrelló en algún lugar detrás de mí con un golpe seco que me sobresaltó. Al día siguiente me fijé en la grieta astillada que había aparecido en la oreja izquierda de la estatua a tamaño natural de Shiva que custodiaba la puerta. Supongo que papá lo hizo con la intención expresa de dañar a la diosa de madera; la estatua había sido la pieza que más apreciaba mamá de su dote.
La muesca en la oreja de Shiva seguiría recordándome esa riña y la duradera parcela que mamá tuvo en nuestras vidas, pero en ese momento ni siquiera me había atrevido a mirar atrás para ver lo que había sucedido, porque los ojos de mi padre aún reflejaban su rabia. Él lloraba amargamente, y yo debí de intentar salir corriendo, porque aún siento la tensión con la que me aferraba la muñeca, como una tela tensada hasta el límite.
Se arrodilló junto a mí, con los ojos hundidos.
– ¡No me pegues! -supliqué.
Jamás me había puesto la mano encima, pero desde la muerte de mamá en ocasiones no lograba reconocerlo.
– ¿Qué he hecho? -se lamentó-. Perdóname, Ti.
A continuación me llenó de besos y las cosquillas que me hacían sus mejillas mal afeitadas me devolvieron la fe en él. Cuando yo aún era muy pequeño era capaz de cambiar de humor con facilidad si él conseguía distraerme; de hecho, era capaz de animarme con sólo abrocharme la camisa. Cuando acababa, sus dedos manchados de tinta, que se movían con rapidez y delicadeza recorriendo mi piel, volvían a dar sentido a mi mundo.
