
«Todo está fuera de mí, y aun así entra en mí cuando lo miro o lo toco.»
Eso es lo que a mí me parecía que pensaba Sofía cuando observaba el mundo, porque eso es lo que yo pensaba cuando la miraba a ella y aún no sabía cuál era la diferencia entre ella y yo; no desde un punto de vista adulto, con unos límites claros a mi alrededor.
A veces chillaba de felicidad cuando veía un pinzón alzando el vuelo desde la valla de madera de nuestra veranda, o cuando algún insecto de patas largas sobrevolaba por encima de un charco del jardín. Papá dijo que yo había sido igual. A mí me encantaba que nos pareciéramos tanto y me abrazaba a ese conocimiento cuando me sentía solo. Los dos éramos hijos de mamá y papá, y eso no podría cambiarlo nadie.
Unos dieciocho meses después de la muerte de mamá, cuando Sofía tenía dos años, su interés cambió y pasó a querer llevarse a la boca todo cuanto veía y oía.
Una noche plácida, mientras papá me enseñaba las constelaciones, le dije a Sofía que las estrellas eran deliciosas y le hice creer que me las comía. Ella hizo el mismo gesto que yo, como si pudiera coger las estrellas y llevárselas a la boca.
El enorme placer de verme imitado por primera vez me estremeció, pero también me hizo sentir cierta inseguridad: aún no sabía qué hacer con el poder que tenía sobre mi hermana y quizá jamás llegaría a saberlo. Nupi me sorprendió cuando me animó a jugar con ella.
– Al menos no tendré que preocuparme más que por la luz de las estrellas cuando le limpie el culito -se rió.
Hice muchas cosas para Sofía cuando creció: ramitas atadas con cordel para hacer casitas sobre pilotes, piedras amontonadas para construir antiguas fortificaciones que ella pudiera derrumbar, coronas, espadas y sombreros de papel maché.
