Supe que estaba maldito desde el momento en el que ni siquiera mis plegarias podían hundir el clavo lo suficiente para hacer posible el milagro que necesitaba. Aun así, sangraba bastante, y el río que fluye más allá del sabbat se me llevó con su corriente. Hundiendo la cabeza en sus aguas justicieras, soñé con un horizonte de pinos y cedros hacia el oeste, a orillas del río Jordán.

Informarían a Tejal de mi muerte. Quedaría libre de casarse con otro hombre. Eso ya compensaba el precio que tenía que pagar.

Me desperté sobresaltado frente a un sacerdote sudoroso, al que no había visto jamás, que me anudaba una cuerda áspera alrededor de los brazos. Le supliqué que me dejara, pero continuó su tarea tras arrojarme otra vez sobre el camastro con un gruñido despectivo. Intenté agarrarme a su rosario para frenar mi caída, pero sólo conseguí romperlo y esparcir las cuentas por todo el suelo.

– ¡Maldito mulato! -me gritó-. ¡Conseguiremos arrancarte una confesión!

«No -pensé con la voz del niño que había sido-. Aunque ya no soy el que era, aún hay demasiada cola en mi alma para abandonarme tan fácilmente.»

Dos carceleros se dedicaron a recoger a cuatro patas las cuentas que habían quedado esparcidas: hombres convertidos en cerdos humillados por mi acto de desacato. No se me ocurre la razón por la que empecé a pintarme rayas de tigre en la cara con la sangre de las muñecas. Más tarde recordé el apodo que me había puesto Wadi y pensé: «Sí, debo convertirme en otro tipo de ser, en alguien feroz, porque de lo contrario les daré los nombres de otros que recibirán la sentencia de mi mismo destino».

Fue mi padre quien me había dicho que nuestros maestros dominicos y jesuitas hacían lo posible por descubrir las identidades de los que eran como nosotros. Tarde o temprano, los sacerdotes intentarían torturarme para que les revelara más nombres.



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