
Me sumí en un sueño febril. Mis recuerdos eran alfileres y todo mi pasado era punzante y envenenado: una infancia torcida y finalmente condenada por el destino.
A la mañana siguiente, justo después de las campanas de la prima, los carceleros metieron en mi celda a un viejo de piel canela, con el pelo blanco y erizado. Sin duda pensaban que su compañía me disuadiría de volver a abrirme las heridas. La Iglesia no renunciaría fácilmente al placer de decidir cómo y cuándo sería asesinado.
Los pies del viejo parecían moluscos debido a las costras de su piel. Me volví de espaldas. La compasión entra por los ojos y no quería que supiera que aún era capaz de albergar un sentimiento tan inútil.
Se derrumbó sobre el suelo cuando mi carcelero habitual, un lisboeta idiota con los ojos verdes y el aliento fétido, el aliento de un hombre que bebía a escondidas, apartó las manos que lo agarraban por debajo de los hombros. La cabeza del prisionero quedó echada hacia atrás en un ángulo absurdo, y sus ojos se cerraron.
O Analfabeto, que es como llamaba a mi carcelero, me contó que mi invitado era un jainista acusado de brujería. Los torturadores le habían untado los pies con aceite de coco y se los habían asado como si fueran dos pollos.
Los ojos de color negro metálico del viejo se abrieron un instante para mirarme como si compartiéramos un secreto que nos condenaba. Cuál era, no tenía ni idea. Quizá sólo esperaba que me compadeciera de su suplicio.
El Analfabeto salió de nuestra celda con aire triunfal, cerró la puerta interior de un portazo y se arrodilló, de forma que su rostro quedó seccionado por la reja. Me mostró una sonrisa sarcástica.
– Lo hicieron con carbón -dijo-. El carbón se calienta mucho más que la madera cuando arde.
«Incluso el fuego está a su favor», pensé.
Cuando el carcelero se hubo marchado, empapé mi camisa en la jarra de agua. Envolví con ella los pies del jainista, que me parecieron calientes al tacto. De un modo parecido, sus sueños parecían ardientes. Nunca jamás podría volver a caminar sin ayuda.
