Cuando estaba llegando, él oyó el trote del caballo y miró. Ella desmontó y lo miró, y entonces se dio cuenta de que él había pasado la noche igual que ella.

– No deberías estar aquí -le dijo él-. Te dije que no montaras sola.

– Entonces, ¿por qué no has venido a buscarme?

– Porque la signorina no me dio órdenes de hacerlo -contestó él con orgullo.

– Pero yo no te doy órdenes. Somos amigos.

Se quedó de pie mirándolo, deseando que obedeciera sus deseos. Él le sonrió con aquella sonrisa que le aceleraba el pulso.

– ¿Por qué no entras y haces té? -sugirió él.

Ella entró y pasó el resto del día ayudándolo en la casa. Él hizo unos rollos de salami que a ella le parecieron la mejor comida que hubiera probado, pero no se había echado atrás en su determinación de que la besara.

Le costó tres días acabar con su resistencia. En ese tiempo llegó a conocer algo al joven. Este tenía un orgullo que la hacía arder, aunque siempre la calmaba para su propio bien. El primer día él le había dicho «lo que te parezca bien» y aquello se convirtió en su mantra. Lo que a ella le pareciera a él también le parecía bien. El hombre grande, tan feroz con los demás, era como un niño en sus manos, lo cual le proporcionaba una deliciosa sensación de poder.

Pero no logró que hiciera lo que quería por encima de todo. Ella creaba una oportunidad tras otra, que él rechazaba, hasta que un día le dijo:

– Creo que debes irte a casa ahora -y añadió en un inglés horrible-. Me ha encantado conocerte.

La respuesta de ella fue tirarle un panecillo, a lo que él se agachó, pero no pareció desconcertado.

– ¿Por qué ya no te gusto? -gritó ella.

– Sí que me gustas, Becky, me gustas más de lo que deberías. Por eso te tienes que ir, y no volver.

– Eso no tiene sentido.

– Creo que sabes a qué me refiero.



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