– Se habrán ido.

– ¿Y si te equivocas?

– Eso no tiene nada que ver -saltó ella, incapaz de contrarrestar su razonamiento.

– Creo que sí tiene que ver -dijo él con una leve sonrisa.

– Oh, deja de ser tan razonable.

– Muy bien -dijo él, con una sonrisa completa-. Lo que te parezca bien.

– Puedes estar seguro -contestó ella con otra sonrisa, y dio un trago al té-. Haces un té muy bueno, estoy impresionada.

– Y a mí me impresiona lo bien que hablas iscina.

– Me lo enseñó mi abuela. Era de aquí, la dueña de la casa en la que vivo ahora.

– ¿Emilia Talese?

– Era su nombre de soltera, sí.

– En mi familia siempre han sido carpinteros, y solían trabajar para su familia.

Aquel fue su primer encuentro. La acompañó a casa y dio instrucciones a los sirvientes para que cuidaran de ella como si lo hubiera hecho toda su vida.

– ¿Vas a estar bien? -le preguntó ella, al pensar en que debía volver solo en la oscuridad.

La sonrisa fue suficiente respuesta. Una sonrisa que decía que tales temores eran para otros hombres. Entonces se fue, dejando atrás tan solo el recuerdo de su autoconfianza.

Capítulo Dos

Al día siguiente Becky salió pronto de casa para buscarlo. Se había acostado pensando en él, se había quedado tumbada despierta pensando en él, se había dormido al fin, soñado con él y había despertado pensando en él.

Sus labios la habían embaucado. Deseaba besarlos y sentir su beso. También sus brazos, tan poderosos como el acero. Estaba tan segura de que lo deseaba como lo había estado siempre de todo, con la convicción de una niña a la que nunca le habían negado nada.

Nunca había besado a un hombre, pero ahora que había conocido a Luca, lo deseaba como si su cuerpo se hubiera despertado de repente, enviándole un mensaje al cerebro de que aquel era su hombre. La única pregunta era cuándo y dónde, pues era imposible que el mundo, o el mismo Luca, se lo negaran.



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