– ¿Por qué no querías dejarme? -le susurró ella-. Ha sido precioso.

– Me alegro. Quiero que todo sea siempre bonito para ti. Y maravilloso.

– Ya es maravilloso, tú eres maravilloso, y todo en este mundo es maravilloso porque me quieres.

– No he dicho que te quiera -gruñó.

– Pero lo haces, ¿no?

– Sí -contestó, y la apretó contra sí-. Te quiero, Piscina. Te quiero con toda mi alma y mi corazón, y con mi cuerpo.

– Ya lo sé -dijo ella, con una risilla tonta.


***

El día que Frank regresaba, Becky fue a recogerlo al aeropuerto de Pisa, y en el camino a casa le explicó que había tenido éxito.

– He conseguido todo lo que quería a menos de lo que esperaba pagar, sí señor.

– ¿Se quedará gente sin trabajo? -le preguntó ella, que lo había oído hablar así muchas veces, pero que en aquella ocasión recordó la desesperación de los tres ingleses.

– ¿A qué viene eso?

– Si logras tanto beneficio, alguien tendrá que perder, ¿no?

– Por supuesto alguien pierde siempre, pero son los peleles, los que se merecen perder porque la naturaleza los ha hecho perdedores.

– Pero ¿es la naturaleza la que los hace perdedores o tú?

– Becky, ¿qué es esto? Nunca habías tenido estas ideas.

– Cerraste un sitio en Inglaterra -comenzó ella, después de pensar que nunca había tenido ideas de ningún tipo- y vinieron a buscarte unos de los que dejaste sin trabajo.

– ¡Demonios! ¿Y qué pasó?

– Que me encontraron a mí. Estaba montando a caballo sola y aparecieron tres hombres.

– ¿Te hicieron daño?

– No, pero solo porque apareció otro hombre y me rescató. Se llama Luca Montese y vive cerca. Estaba trabajando en su cabaña cuando oyó los gritos. Los puso firmes, dejó a uno inconsciente y salieron corriendo.



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