Capítulo Uno

Las palabras crudas resaltaban sobre el papel blanco: «Un niño, nacido ayer. 3,9 kilos», un mensaje que podía haber sido motivo de alegría, pero para Luca Montese significaba que su esposa le había dado un niño a otro hombre, y a él ninguno. Significaba que todo el mundo conocería su humillación, lo cual lo hizo maldecir a todo el mundo empezando por él, por haber estado ciego.

El miedo había forzado a Drusilla a abandonarlo nada más saber que estaba embarazada, hacía seis meses. Al llegar a casa aquel día Luca se había encontrado una nota en la que ella le confesaba que había otro hombre, que estaba embarazada y que no intentara buscarla. Nada más. Se había llevado todo lo que él le había regalado, hasta el último diamante y todos sus vestidos de alta costura. Él la había perseguido con furia vengativa a través de una batería de caros abogados que le enviaron un acuerdo de divorcio que la dejaba sin nada más que lo que ya se había llevado.

Lo irritó que el amante fuera tan pobre e insignificante que estuviera más allá del alcance de su venganza. Le habría resultado un placer arruinar a un empresario rico como él, pero a un peluquero… Aquello le parecía un insulto. Ahora ellos tenían un niño hermoso y él no tenía hijos. Todo el mundo sabría que era culpa suya que su matrimonio hubiera sido estéril y se reirían. Pensarlo casi lo volvió loco.

Tres pisos por debajo estaba el centro financiero de Roma, un mundo que había hecho suyo con astucia. Sus empleados se lo debían todo, sus rivales lo temían, pero ahora todos se reirían.

Dobló el periódico por la mitad, con manos que no eran las de un financiero internacional, sino las de un trabajador. Igual que su cara, con una rotundidad que tenía poco que ver con sus rasgos y más con el brillo de sus ojos. Aquello junto con su figura alta y de espaldas anchas atraía a muchas mujeres que gravitaban alrededor del poder. Poder físico, financiero, de todas clases. Desde la ruptura de su matrimonio no le había faltado compañía.



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