
Las trataba bien, acorde con sus gustos, era generoso con regalos pero no con palabras o sentimientos, y rompía con ellas de forma brusca cuando se daba cuenta de que no tenían lo que buscaba. Aunque no podía decir qué era, sólo sabía que lo había tenido una vez, hacía mucho tiempo, con una chica de ojos vibrantes y gran corazón.
Apenas se acordaba del chico que era entonces, lleno de ideas nada prácticas acerca del amor duradero, no cínico ni codicioso, y que creía que tanto el amor como la vida eran buenos, una tontería que se le había curado de manera cruel.
Se obligó a regresar al presente, al considerar que recrearse en la felicidad pasada era síntoma de debilidad, y él siempre cortaba la debilidad de forma tan implacable como hacía todo lo demás. Bajó a zancadas al aparcamiento donde tenía su Rolls Royce. Aunque tenía chófer, le gustaba llevarlo él, pues lo consideraba su trofeo personal, la prueba de lo lejos que había llegado desde los días en que tenía una tartana que tenía que reparar cada dos por tres. Por más que lo intentara no podía borrar la imagen de ella riendo mientras le acercaba la llave inglesa. A veces se metía con él bajo el coche, y entonces se besaban y reían como locos.
Mientras conducía hacia su villa en el campo, pensaba que quizá había sido algún tipo de locura, al creer que aquella alegría duraría para siempre. No había sido así.
Volvió a borrar su recuerdo de la mente, pero en aquella ocasión ella parecía estar allí a su lado mientras él conducía en la oscuridad, atormentándose con recuerdos de su encanto, su amabilidad, su ternura. Él tenía veinte años y ella diecisiete, y ambos habían creído que duraría para siempre. Entonces pensó que quizá podría haber sido así.
Borró también aquel pensamiento, pero el espíritu de ella no se desvaneció, sino que le susurró que su breve amor había sido perfecto, a pesar de haber terminado con un corazón roto. También le recordó otras cosas, como cuando ella se tumbaba en sus brazos y le susurraba palabras de amor.
