
– No me sorprende.
Estaban entrando en terreno peligroso y ella prefirió evitarlo.
– ¿Y tú? Estoy segura de que tienes una mujer en casa.
– ¿Por qué estás tan segura?
– Porque todo hombre de éxito necesita una mujer que haga de anfitriona en las cenas.
– Yo no doy cenas. A Drusilla le gustaban, así que hicimos alguna, pero estamos divorciados.
– ¿Por que quería cenas?
– No. Otros motivos.
– Lo siento, no quería entrometerme.
– No importa. Cuéntame qué más has hecho.
– Vendí la finca y me dediqué a viajar. Al volver me dediqué a traducir libros del italiano, y así es como conocí a Saul; era editor.
– ¿Por qué te divorciaste?
– Fue de mutuo acuerdo. No estábamos hechos el uno para el otro -explicó. Habían estado caminando hasta que la casa se puso a la vista-. Quizá deberíamos entrar.
– Tengo que decirte algo antes.
– ¿Sí?
– Quiero volver a verte. A solas -logró decir tras un rato en que parecía no poder hablar.
– No, Luca -contestó ella enseguida-. No serviría de nada.
– Eso no tiene sentido. Claro que serviría. Quiero hablar contigo. Todo pasó tan deprisa; ni siquiera pudimos despedirnos. Hemos pasado los años sin saber qué había sido del otro, y hay muchas cosas que me gustaría explicarte. Tengo derecho a una oportunidad.
– No me hables así -dijo ella, ofendida.
– ¿Cómo? -preguntó él, confuso.
– Con exigencias, diciendo que tienes derecho. No estás ante una reunión de junta.
– Sólo quiero que comprendas.
– Luca -le dijo ella, que se preguntaba si creería que cualquier explicación iría a mejorar las cosas-, si es por el dinero, no tienes que explicarme nada. Estoy segura de que a la larga ha sido lo mejor y debería felicitarte. Desde luego lo has usado hábilmente.
– Ah, tu padre te contó lo del dinero -preguntó él, mirándola de forma extraña-. Tenía mis dudas.
