– Claro que me lo contó -contestó ella, dolida por la indiferencia con la que hablaba de ello-. Así que podemos correr un tupido velo.

– ¿Es todo lo que tienes que decir? Por Dios, Becky, ¿no tienes nada que preguntarme?

– La niña que era entonces tenía un montón de preguntas, y el chico que eras tú a lo mejor las habría contestado.

– Lo habría intentado. Él siempre intentaba hacer lo que tú querías, porque no tenía más placer que tu felicidad. ¿Lo has olvidado?

– No -confesó ella al fin-, no lo había olvidado. Pero ahora ya es tarde; ya no somos aquellas personas. La última vez que nos vimos fue hace quince años, el día antes de nuestra boda cuando irrumpió mi padre. Y me alegra mucho que hayas tenido éxito.

– ¿Qué has dicho? -preguntó él, mirándola fijamente.

– Que me alegra que hayas tenido éxito en la vida…

– No, antes, lo de nuestro último encuentro.

– Fue el día antes de nuestra boda, o lo que debía haber sido nuestra boda.

– Entonces, ¿no te acuerdas? Bueno, supongo que es normal. Pero entonces es todavía más importante que nos veamos. Tenemos asuntos pendientes, y ya es hora de que los resolvamos.

Rebecca se estremeció. No quería tener nada que ver con aquel hombre que tenía el nombre de Luca pero nada más. Luca había sido amable y tierno, y aquel extraño ladraba las órdenes incluso cuando trataba de tomar contacto humano. Si aquello era en lo que se había convertido, habría preferido no saberlo.

– Lo siento -replicó intentando mantener la calma-, pero no le veo sentido.

– Pero yo sí.

– Por desgracia hace falta el consentimiento de ambas partes, y yo no estoy de acuerdo.

– A «ellos» no les va a hacer gracia que me rechaces -soltó, señalando la casa.

– «Ellos» pueden llevar sus negocios sin mi ayuda -contestó, y comenzó a andar a la casa.



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