– Soy tuya, para siempre -le había dicho-. Nunca querré a ningún otro hombre.

– No tengo nada que ofrecerte.

– Si me das tu amor, es todo lo que pido.

– Pero soy pobre.

– No somos pobres -se había reído ella-, siempre que nos tengamos el uno al otro.

Pero de repente se acabó, y ya no se tenían el uno al otro.

De repente hubo un chirrido de ruedas y el volante le giró entre las manos. No sabía qué había pasado, pero el coche estaba parado y él estaba temblando. Se aclaró las ideas de la cabeza y miró a ambos lados de la calzada, que estaba vacía. Como su vida, pensó, saliendo de la oscuridad para volver a meterse en ella. Había sido así desde hacía quince años.


El hotel Allingham era el más nuevo y lujoso de Londres, con el mejor servicio y los precios más altos. Habían nombrado a Rebecca Hanley Jefa de Relaciones Públicas porque, en palabras del director, parecía haber crecido bañada en dinero y que no le importara, lo cual era bueno para hacer que la gente despilfarrara su dinero sin reservas. El gerente tenía mucha razón, pues el padre de Rebecca había sido un hombre muy rico, y en aquellos días a ella no le importaba nada.

Vivía en el Allingham, pues le resultaba más sencillo que tener casa propia. De aquel modo usaba el salón de belleza y el gimnasio del hotel, con el resultado de una silueta sin un gramo de grasa y un rostro perfecto.

Aquella noche se estaba dando los últimos retoques cuando sonó el teléfono. Era Danvers Jordan, el banquero con el que salía por entonces. Iban a asistir a la fiesta de compromiso del hermano pequeño de este, que se celebraba en el Allingham, así que ella debía estar «de servicio» por doble motivo, y debía estar perfecta.

Lo estaba. Tenía un cuerpo esbelto capaz de llevar aquel vestido negro ceñido, y sus largas piernas demandaban la falda corta. El escote era bajo pero dentro de los límites, y un enorme diamante le adornaba el cuello. Su cabello original era castaño, pero en aquel momento lo llevaba de un tono rubio que hacía resaltar sus ojos verdes. El toque final lo ponían unos diamantes pequeños en las orejas.



4 из 116