
– No puedes -la cortó él-, no te preocupes.
Entonces llamaron a la puerta; era el servicio de habitaciones. Luca fue a abrir y Rebecca aprovechó para buscar un lugar donde dejar los diamantes. La puerta del dormitorio estaba abierta y vio una cómoda junto a la cama, con una gran lámpara encima. Luca aún estaba en la puerta principal y ella aún tuvo tiempo de meterse en el dormitorio y abrir el primer cajón para dejar los diamantes. Tuvo que mover unos papeles para hacerle sitio, y algunos se salieron del sobre en el que estaban guardados. Lo que vio la dejó paralizada. Se había caído una fotografía de una chica con la melena al viento y un rostro joven y expectante. Estaba sentada en lo alto de una verja, sonriendo al fotógrafo con una mirada llena de amor y alegría. La había tomado Luca cuando le había contado lo del bebé.
Y se la había guardado. Era como si alguien se lo hubiera devuelto. Entonces la rabia que sentía hacia él se desvaneció y quiso encontrarlo para compartir el momento.
– Luca…
Se volvió ansiosa y lo halló de pie en la puerta, observándola con un rostro que revelaba sus mismos sentimientos. Estaba allí de nuevo, el chico al que había amado, y que aún residía en algún lugar de aquel hombre agresivo y despiadado.
– Luca -repitió, y todo desapareció; el brillo en sus ojos quedó de nuevo cubierto por la máscara.
– ¿Qué estás haciendo aquí?
– No estaba husmeando.
– Entonces, ¿por qué estás aquí? -repitió, realmente enfadado.
– Estaba guardando los diamantes, por seguridad, pero no importa. Has guardado esta foto, todos estos años.
– ¿En serio? No me había dado cuenta.
– No puedes haberla guardado por accidente, o haberla traído contigo todos estos kilómetros por casualidad.
– Hay muchos papeles en ese cajón.
– Luca, por favor, olvida lo que ha pasado hace un momento. Los dos estábamos enfadados y hemos dicho cosas que no pensábamos.
