– Pero yo nunca te he despreciado.

– Entonces, ¿qué tiene de malo que te regale algo?

– Esto no es «algo», es una fortuna.

– ¿A él le aceptas diamantes?

– Luca, déjalo. No te voy a contestar.

– Es una pregunta sencilla -protestó él, frunciendo el ceño.

Rebecca lo observó mientras se preguntaba cuánto tiempo hacía que nadie se le plantaba, y decidió que mucho.

– Pues te daré una respuesta sencilla. Métete en tus malditos asuntos. ¿Quién te crees que eres para aparecer en mi vida después de quince años y creer que te va salir todo?

– Está bien, lo he manejado mal. Empecemos de nuevo.

– No, dejémoslo aquí. Nos hemos vuelto a ver y nos hemos dado cuenta de que somos unos extraños; no han saltado chispas. El amor se muere, y una vez muerto no se le puede revivir.

– ¿Amor? ¿Te he pedido yo amor? No te sientas tan halagada.

– Está claro que algo quieres a cambio de los diamantes. Y no me siento halagada porque no me halaga que me persiga un hombre que se acerca a una mujer como si estuviera comprando acciones. No soy una propiedad.

– ¿Ah, no? Anoche desde luego lo parecía.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Te exhibieron delante de mí, ¿o no? Primero te sentaron a mi lado, luego me llevaste al jardín. ¿Te crees que no me di cuenta de lo que pasaba? «Engatúsalo», te dijeron. «Haz que le dé vueltas la cabeza para que podamos exprimirle todo su dinero». ¿No fue algo así?

– Fue exactamente así -le dijo ella, desafiante-. ¿Por qué si no iba a haber salido contigo al jardín?

Fue cruel, pero estaba desesperada por hacerlo retroceder, pues le amenazaba la estabilidad que tanto le había costado alcanzar. Pero se arrepintió al verlo palidecer.

– Escucha, lo siento -se disculpó-. Ha sido una tontería injusta. No quería hacerte daño…



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