
Vestía camisa blanca con muchos bordados por delante. Daba la impresión de que se había quitado la chaqueta tras una reunión y ahora llevaba el cuello de la camisa abierto.
– Me alegro de que hayas venido -gruñó.
– Quiero oír lo que tengas que decir, Luca, pero después me iré.
– Por Dios, no das tu brazo a torcer, ¿eh?, ni siquiera ahora.
– No, porque sea lo que sea lo que me tengas que decir, no va a cambiar nada. ¿Cómo has creído que lo haría, después de lo que hiciste?
– ¿Después de lo que hice? -repitió él-. ¿Qué es lo que hice?
– Por favor, no me hagas creer que no lo sabes. Hablamos de ello la otra noche, te quedaste el dinero que te dio mi padre.
– Claro. Tenía todo el derecho.
– Claro que sí -dijo ella con ironía-. Después de todo, me habías dado varios meses de tu valioso tiempo, y yo ni siquiera te recompensé con un hijo vivo; tenías que llevarte algo. Pero, ¿cómo crees que me sentí al oír a mi padre pavonearse porque habías cumplido sus peores expectativas?
– ¿Qué yo…? -preguntó, y frunció el ceño-. ¿Qué te contó?
– Que aceptaste su dinero para marcharte y no volverme a ver. Es otra razón para no tocar tus diamantes. ¿Crees que aceptaría algo de ti después de que me vendieras a él? Además, has pagado de más. Sé lo que valen esos diamantes, y debe de ser el doble de lo que él pagó por mí. ¿O son los intereses?
Durante un momento Luca se quedó tan callado que ella pensó que no volvería a hablar. Entonces juró con violencia, se dio la vuelta y se golpeó la mano con el puño.
– ¿Y has creído eso durante todos estos años?
– ¿Y qué querías que creyera? Me enseñó el cheque cobrado. Era tu cuenta, no disimules.
– Claro que era mía. Me pagó ese dinero; no lo niego.
