– Entonces, ¿qué más tienes que decir?

– Te mintió sobre las razones. Me fui porque, cuando Frank se fue, yo estaba convencido de que todo era culpa mía, el estado en el que estabas, la muerte del bebé. Me sentía culpable por todo. Entonces te mandó de vuelta a Inglaterra, y yo no sabía a dónde. Volví a la cabaña y lo vi allí prendiéndole fuego.

– ¿Mi padre quemó nuestra casa? -preguntó ella sin poder creerlo.

– Nuestra casa. Sí, así fue. Me alegro de que te acuerdes. La quemó con sus propias manos. Por suerte hubo testigos y lo arrestaron. Se habría enfrentado a una temporada larga en prisión si yo no le hubiera dicho a la policía que había sido un malentendido y que no presentaría cargos.

– ¿Y por qué hiciste eso?

– ¿Por qué? -repitió con sonrisa cínica-. Por cincuenta mil libras, está claro. Ese fue mi precio por dejarlo salir. Le vendí su libertad, nada más.

– No lo creo -susurró ella, como había hecho hacía tanto tiempo.

– Lo atrapó el fuego y se quemó un brazo, ¿nunca te diste cuenta?

Entonces recordó un día en que su padre había llegado con el brazo en cabestrillo y le había contado que se lo había roto, pero meses después le había visto la marca y le había parecido una quemadura. Al preguntarle sobre ello, él se había enfadado y le había contestado con evasivas.

– Todos estos años me dijo que tú…

– Ya le habías oído ofrecerme dinero -le recordó él-, y habías visto mi reacción.

– Sí, ya me acuerdo. Me dijo que te habías vuelto en mi contra cuando perdí al niño y todo mi atractivo.

– Nunca lo perdiste, nunca. ¿Y de verdad creíste eso de mí? -preguntó, a lo que ella asintió-. Debiste haber tenido más fe en mí, Becky.

– Oh, Dios -susurró-. Todos estos años he creído que… Oh, Dios mío.

Creía que había tocado fondo hacía mucho, pero aquello era peor. Fue a la ventana y miró hacia la oscuridad, demasiado confusa para pensar.



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