En aquel momento él le estaba proporcionando el eco de aquella época, y ella quería evitarlo y permanecer en la cáscara fría y segura que se había construido. Le dolía el riesgo de abandonar aquella seguridad, pero él lo pedía cada vez con más intensidad.

– ¿Te acuerdas? -murmuró Luca-. ¿Te acuerdas…?

– No -dijo enseguida ella-. No quiero acordarme.

– No me eches, Becky.

– Tengo que hacerlo.

No siguió insistiendo; simplemente retiró los labios y le volvió a colocar la palma en la mejilla, pero parecía tan triste y desesperado que ella no podía resistirlo.

– Cariño -usó aquella palabra sin ser consciente-, cariño, por favor, trata de entender…

– Lo hago. Ha sido una idea estúpida, ¿no?

– No, ha sido una idea maravillosa, pero supongo que ya no me queda valor.

– Mi Becky tenía suficiente valor para hacer cualquier cosa.

– Hace demasiado tiempo.

Él miró hacia abajo, y de pronto ella no pudo resistir que la mirara sin el brillo de la juventud. Tiró de su cabeza hasta colocarle los labios sobre los de ella. Entonces supo que había tenido el cuerpo dormido todo aquel tiempo. Pero se había despertado, porque él lo atraía a una nueva vida excitante. La boca de Luca tenía el mismo poder de convicción, pero ahora tenía una excitación más. El niño se había ido, y ella ardía en deseos de conocer todo sobre el hombre. Se vio a sí misma haciendo lo que se había prometido que no haría, besarlo en un modo que lo alentó aún más.

Él no necesitó que lo animaran más para extender el beso y bajar por el cuello hasta la base de la garganta. A ella le latía el corazón de forma salvaje, llena de excitación.

– Luca -susurró-. Luca, no.

Algo en el tono de voz rompió el deseo que lo había invadido, y, al mirarla, vio lágrimas en sus ojos.



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