– Becky -murmuró, y le agarró el rostro con las dos manos.

El efecto fue devastador. El toque era tan dulce que apenas lo notaba, pero le proporcionó unas sensaciones que no había tenido durante años que la amenazaban y alarmaban, aunque no se podía mover.

– ¿Te acuerdas? -le susurró Luca.

– Sí -contestó ella con pena-. Me acuerdo.

Quería que la dejara marchar, que nunca la dejara marchar. Sin darse cuenta, ella también le acarició el rostro; entonces tomó aire al notar lo cerca del peligro que se había dejado llevar.

– Adiós, Luca.

– No me puedes decir adiós ahora -dijo él muy serio.

– Debo hacerlo. No puede haber nada más; es demasiado tarde.

Intentó retirar la mano pero él la sujetó y volvió el rostro hasta apoyar los labios en su palma.

– No -susurró ella-; es muy tarde, muy tarde.

Él no contestó con palabras, sólo con el aliento abrasador contra la mano. Ella se preparó contra él, negándose a ceder. Pero fue más difícil de lo que pensaba porque sus caricias la afectaban en los sentidos, y podía resistir la excitación física que le recorría los nervios, pero no el recuerdo de aquella otra vida tan dulce. La asaltaron sensaciones variadas, no sólo de placer sino también de felicidad. Había olvidado todo sobre ella, lo que se sentía, incluso lo que era. Pero había vuelto en el recuerdo de un amor demasiado intenso como para durar.

Los dulces movimientos de los labios de Luca la devolvieron a una alegría irresistible, a las noches en que se había tumbado en sus brazos, regocijándose en la pasión y ternura de su amor. Era una felicidad que casi asustaba, pero sentirlo a su lado en la cama la tranquilizaba y se había quedado dormida contra su pecho, sabiendo que al día siguiente sería igual.



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