– ¿Qué quieres? -le preguntó Luca.

– A ti -respondió ella sin despegar los labios, mientras le desabrochaba los botones.

Continuó él, desnudándose antes de desnudarla a ella. Cayeron juntos sobre la cama, perdidos por igual en un deseo que necesitaban saciar con el cuerpo del otro.

Por fin Rebecca se había despertado; cada centímetro de su piel vibraba con pasión y ansia, y le daba todo cuanto tenía o era, mientras reclamaba al único hombre que podía llenarla del todo. Luca siempre había tenido vigor, pero el tiempo y la experiencia lo habían aumentado. Se preguntaba cómo podían desvanecerse tantos años sin dejar rastro, cómo podían conocerse aún tan íntimamente. Cuando él se puso encima, ella tuvo un último momento de duda, pues aquel hombre era en esencia un extraño. Pero no le pareció un extraño cuando la penetró despacio y con esa fuerza que la había excitado entonces y que ahora lo hacía multiplicado por mil. Había tenido la carne dormida demasiado tiempo, y el despertar fue fiero y devastador.

Enseguida llevaron el mismo ritmo, y ella le pedía más, hasta que el placer fue tan fuerte que pareció explotar en su interior. Ahora veía luz por todas partes, una luz cegadora y mareante que llenó el mundo, el universo, y se dio cuenta de que era lo que había estado esperando durante todos aquellos años muertos y sin sentido.

Capítulo Seis

Bajó de las alturas para encontrarse abrazada con fuerza a Luca. Entendió entonces lo que siempre había sospechado, que el motivo por el que nunca había estado receptiva con ningún otro hombre era porque siempre había habido un único hombre para ella. Luca, directo, duro, vengativo, implacable, todo lo que ella odiaba. Pero aun así era él, porque siempre lo había sido, y una parte de ella nunca había cambiado. Entonces él dijo las palabras equivocadas.

– Ha estado bien -dijo, lo cual le heló la sangre-. ¿No lo ha estado?



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