– Me da miedo que no vuelvas si te vas.

– Voy a volver; quiero volver a verte. Pero tómatelo con calma.

– No puedo. Lo quiero todo de ti ya. Quédate conmigo; vuelve a la cama.

– No, el hotel se va a poner en marcha pronto y no quiero arriesgarme a que me vean.

– Pasa el día conmigo.

– Está bien -contestó ella tras repasar mentalmente el día que había planeado-. Pero antes tengo que hacer un par de llamadas.

– Iremos a algún sitio donde no nos vea nadie que nos conozca. Pero tendrás que decir tú dónde; yo no conozco Londres.

– ¿No habías estado aquí nunca?

– Sí, en viajes cortos de negocios, habitaciones de hotel, viajando en la parte de atrás de los coches a conferencias y sin mirar nunca por el cristal porque estaba ocupado con el teléfono. No podría decir en qué se diferencia de Nueva York o Milán.

– Suena muy triste.

– También es tu mundo, Becky.

– Sí, pero yo me evado de vez en cuando.

– ¿En largos fines de semana en el campo con Jordan?

– Jordan es un tema prohibido.

– ¿Y si yo digo que no lo es?

– No hace ni un minuto has dicho que no querías oír hablar de nadie más.

– Haré una excepción con Danvers Jordan.

– Pero yo no.

– Tienen que ser tus reglas entonces, ¿no?

– Tú has dicho que no habláramos del pasado: son tus reglas y yo estoy de acuerdo. ¿Crees que puedes cambiarlas cuando te convenga? Piénsalo dos veces, porque no voy a bailarte el agua.

– Está bien, está bien, me rindo. Tus reglas.

– No tienes que rendirte, no es eso -le dijo ella, acariciándole la mejilla-. Pero no lo estropeemos.

– Lo que tú digas -contestó él, y le besó la palma de la mano.



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