Alquilaron un bote y Luca remó con fuerza mientras ella lo observaba reclinada, disfrutando de la oportunidad de relajarse y mirarlo. Tras el tormento de los días anteriores le parecía que era bueno no pensar en nada más que en el precioso día y el placer de estar en el agua. Clavó la mirada en él y se dejó llevar por sus pensamientos.

Lo cual luego le pareció un error porque en medio de la satisfacción se vio observando las manos que la habían tocado con tanta pasión y al mismo tiempo tanta ternura la noche anterior. Y recordó también cómo ella había respondido, cómo había disfrutado de él y había pedido más. Los recuerdos la llevaron hasta su ex marido, al que ella llamaba «pobre Saul». Se merecía su lástima porque ella no había tenido ni medio corazón que entregarle, y casi ninguna pasión. Él se había encaprichado con ella y ella había sucumbido a su entusiasmo en la esperanza de encontrarle algún propósito a su vida. Pero lo había desilusionado, y en su resentimiento él la llamaba «el iceberg». Lo más amable que había hecho por él había sido dejarlo. Volvió de su ensueño para encontrar a Luca observándola con una gran sonrisa.

– ¿Qué? ¿Por qué me miras así?

– Intento comportarme como un caballero, pero no lo logro. Lo cierto es que en lo único que puedo pensar es en lo mucho que deseo hacerte el amor.

Aquellas palabras fueron como una señal que encendieron una mecha lenta en su interior. Hacía sólo unas horas que se había levantado, saciada, de su cama, y con tan solo tres palabras estaba lista para él otra vez.

– Entonces será mejor que remes de vuelta -le advirtió-. ¡Con cuidado! No volquemos.

Volvieron con tanta urgencia que casi cayeron al agua al bajarse del bote.

– ¿Dónde está la salida más cercana? -preguntó él.

– Por aquí -contestó ella, y corrieron hasta ella, pero se encontraron con otro obstáculo: el tráfico-. Oh, no. ¿Aún no ha terminado la hora punta? Tardaremos una hora en llegar al Allingham.



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