
– No tenemos tanto tiempo -repuso él, apretándole la mano-. ¿Dónde hay un hotel?
– Luca -empezó a reírse ella-, no podemos…
– Becky, te juro que si no me llevas a un hotel te voy a hacer el amor aquí y ahora.
– ¡Quieto! -gritó ella cuando él empezó a tocarla-. Compórtate.
– Entonces encuentra un hotel. Rápido.
– Si cruzamos y giramos por aquella esquina hay varios hoteles en esa calle.
Así lo hicieron y Luca se paró en el primer hotelito que vio. Era un mundo completamente distinto del Allingham, con un pequeño vestíbulo y un cubículo para el recepcionista, que no estaba. Luca tuvo que llamar dos veces a la campanilla, y la segunda lo hizo con tanta fuerza que apareció una mujer agobiada que parecía enfadada.
– Quería una habitación, por favor -dijo Luca-. Ya.
– Aún no es mediodía -repuso la mujer, mirando al reloj que daba las once y media.
– ¿Importa?
– Si se la queda antes de las doce me temo que tendré que cobrarle dos días.
– ¿Cuánto cuesta la habitación por noche?
– Setenta libras por persona y noche. Supongo que querrán una habitación doble, ¿no?
– Sí -contestó Luca ya casi fuera de sí-. Queremos una habitación doble.
– Entonces son ciento cuarenta libras por una noche, así que a lo mejor prefieren esperar media hora y pagar solo una, que será mucho más barato.
– No es buena idea -saltó Rebecca-. Nos la quedamos ahora, gracias.
– Muy bien. ¿Nombre?
– Señor y señora Smith -contestó Rebecca.
– Ya veo -masculló la recepcionista, mostrando lo que pensaba al arquear una ceja-. Bueno, aquí llevamos un régimen liberal, pero me pareció que el caballero es extranjero.
– Es un extranjero que se apellida Smith -replicó Rebecca, impasible.
– Bien, si uno de los dos me firma aquí.
Rebecca se apresuró a tomar el bolígrafo, pues Luca estaba de tal humor que no era capaz de recordar con qué nombre tenía que firmar.
