La habitación era básica pero aceptable. Luca cerró con llave y se giró hacia Rebecca, que ya se estaba quitando la ropa y lo miraba con ojos brillantes.

– Vamos, tortuga.

Aquello bastó para que él la alcanzara y ambos cayeron sobre la cama, buscándose con una intensidad febril. Sin sutilezas, sin fingir que aquello era algo más que lujuria frenética y desesperada, sin ataduras. Lo quería dentro de ella, y cuando tuvo lo que quería lo abrazó con fuerza mientras se arqueaba de forma insistente y lo miraba con una sonrisa que él le devolvió. Fue ella quien decidió que había llegado el momento, moviéndose cada vez más deprisa.

– Espera -le dijo él.

– No.

Intentó pararla, pero su propio deseo era incontrolable, y terminaron triunfantes y riendo. Cuando tuvo fuerza para moverse, Luca se sentó.

– Llevo pensando en esto desde esta mañana.

– Yo también. Luca, ya no sé quién soy. Nunca había sido así en toda mi vida.

– ¿Quieres que te diga quién eres? -le preguntó él, observando su desnudez y acariciándole de nuevo los senos.

– ¿Implica algo de ejercicio físico?

– Podría ser. A menos que estés cansada.

– ¿Quién está cansada? Todavía es pronto -contestó ella, y le hizo saber con gestos lo que quería de él, que él le ofreció una y otra vez.

– Debe de ser más de mediodía ya -dijo ella cuando permanecieron tumbados después.

– Son las tres. ¿Por qué has dicho que éramos el señor y la señora Smith?

– Tenía que decir algo.

– ¿Pero qué quería decir con lo del régimen liberal?

– Antiguamente cuando dos personas querían estar juntas se registraban como señor y señora Smith. Así que cuando en un hotel decías que te apellidabas Smith, bueno…

– Sabían que eran amantes extramatrimoniales -terminó él.

– Algo así.

– ¿Y por eso nos ha mirado así?



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