– Podría hablar con mi asistente. Es muy buena.

No mencionó que tendría que anular una cita con Danvers, pero aquello tendría que ocurrir de todas maneras. Después de lo que había pasado entre Luca y ella no podía seguir con Danvers. Pasó todo el camino de vuelta al hotel pensando qué le diría. Al llegar al Allingham fue directa a su oficina para hablar con su asistente, una mujer muy eficiente que estaba encantada de que la dejaran al cargo.

– Por cierto, tiene un mensaje del señor Jordan. Dice que va a estar fuera unos días, a lo mejor una semana, no estaba seguro. Dice que la llamará cuando regrese.

– Bien -contestó Rebecca, dividida entre el alivio de retrasar el problema y la angustia de tener que alargarlo.

Los días siguientes le parecieron las primeras vacaciones verdaderas de su vida, escondida con Luca en el destartalado hotel. Era un amante incansable, que la elevaba a las alturas una y otra vez, y aún la deseaba, y ella, que hacía años había decidido que los traumas de su juventud la habían dejado fría y poco receptiva, estaba lista para él en cualquier momento del día o de la noche, salvo que noche y día eran uno.

Como el hotel no tenía servicio de habitaciones, comían hamburguesas en un bar que había en la esquina, siempre con prisas para volver a la cama. Durante cuatro días amaron y durmieron, durmieron y amaron, cualquier cosa salvo hablar. Pero entonces hablar no parecía importante.

Una mañana Rebecca salió de la ducha y vio a Luca colgando el teléfono, exasperado.

– Tengo que volver a Roma. Estamos perdiendo un trato y tengo que estar allí.

– Bueno -contestó ella, tratando de sonreír, a pesar de no creerse capaz de aguantarlo-. Ha estado genial, pero los dos sabíamos que no podía durar para siempre.

– Tenemos que dejar esta habitación. Pero volveré en unos días.



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