– Justo te estaba llamando -dijo, y la metió en la habitación comiéndosela a besos.

– Luca… -empezó, pero como siempre la pura explosión sexual del beso le cambió el mundo, haciéndole olvidar todo lo demás. Él ya le estaba quitando la ropa; tenía la habilidad de encenderla con un solo gesto, un beso, un dedo en su rostro. Después, una reacción en cadena que, como la lava, no se podía detener hasta llegar al fin. Cuando ya estuvo desnuda vio una mirada en los ojos de Luca que acabó de derretirla; era como si fuera la primera vez que la veía así. Vagamente reconoció que era algo que él tenía, que nunca se mostraba indiferente, que ella le gustaba de la misma manera que hacía tanto tiempo. Después de casi una semana su pasión era casi incontenible, igual que la de ella.

Cuanto sabía de él no disminuía su deseo, y aquello era lo que más la asustaba. Le devolvió el placer que él le proporcionaba, consciente de que su cuerpo respondía sin el consentimiento del cerebro.

Cuando hubieron terminado, Luca se apoyó en un brazo y la miró con verdadero deleite. A Rebecca siempre le había gustado aquella expresión en sus ojos, pero en aquel momento regresaron los pensamientos y miedos que había dejado a un lado, y con ellos la conciencia de que se había impuesto a su resistencia sin siquiera intentarlo. Tenía demasiado poder sobre ella, y si no se resistía en aquel momento sería demasiado tarde.

– Quiero hablar contigo.

– ¿No puede esperar?

– Ya ha esperado demasiado. Quería hablar nada más llegar, pero, bueno…

– Pero nos deseamos demasiado para hablar. ¿Importa algo más?

– Sí, yo creo que sí. Ha ocurrido algo sobre lo que tenemos que hablar.

– De acuerdo, dímelo.

– Hace un par de días fui a una recepción del hotel y vi a Danvers. Quiso evitarme -le explicó, mirándolo a los ojos, en los que vio una expresión de recelo-. ¿Es verdad lo que me dijo, que lo advertiste de que se fuera?



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