– Eres la hija de Frank Solway -le dijo uno de ellos en inglés-, admítelo.

– ¿Y por qué iba a negarlo? No me avergüenzo de mi padre.

– Pues deberías -le gritó otro de los hombres-. Necesitamos nuestro trabajo y tu padre de la noche a la mañana cerró la fábrica inglesa porque aquí es más barato. Ninguna compensación ni remuneración. Simplemente desapareció. ¿Dónde está?

– Mi padre está en el extranjero ahora. Por favor, déjenme pasar.

– Dinos dónde está -la detuvo él agarrando la brida-. No hemos venido hasta aquí para nada.

– Volverá la semana que viene -dijo ella desesperada-. Le diré que han venido; estoy segura de que hablará con ustedes.

– Somos los últimos con quienes querría hablar -aseguró uno de ellos, tras una carcajada heladora-. Se ha estado escondiendo de nosotros, no contesta nuestras cartas…

– Y ¿qué puedo hacer yo?

– Puedes quedarte con nosotros hasta que venga por ti.

– No lo creo.

La frase salió de un joven al que nadie había visto. Había aparecido de entre los árboles y se quedó de pie hasta asegurarse de que habían notado su presencia, una presencia imponente, no tanto por su altura y anchura de espaldas como por la ferocidad de su rostro.

– Aléjense -dijo, comenzando a andar.

– Lárgate -dijo el hombre que sujetaba la brida.

El extraño no se hizo esperar y, con un movimiento más rápido que la vista, de repente el otro hombre estaba en el suelo.

– Eh -empezó otro, pero sus palabras murieron cuando el extraño lo miró con cara de pocos amigos.

– Váyanse de aquí, los tres. Y no vuelvan.

Los otros dos ayudaron a su compañero a levantarse. Este se limpió la sangre de la nariz y, aunque la mirada que dedicó a su asaltante era furiosa, fue suficientemente listo para saber que era mejor no ir más lejos. Se marcharon, aunque en el último momento el humillado se volvió a mirar a la joven de un modo que hizo al extraño avanzar. Entonces se escabulleron.



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