– Gracias -dijo Becky con fervor.

– ¿Estás bien?

– Sí, gracias a ti.

Ella desmontó y enseguida se dio cuenta de lo alto que era. La pequeña multitud había sido temible porque eran tres, pero aquel hombre era peligroso por sí mismo, y de repente Becky se preguntó si estaría más a salvo que antes.

– Ya se han ido -dijo él-, y no volverán.

– Gracias -repitió ella hablando en inglés como él, pero más lento-. Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien. Creí que no había nadie para ayudarme.

– No hace falta que me hables despacio -dijo él con orgullo-. Sé inglés.

– Lo siento, no pretendía ser grosera. ¿De dónde has salido?

– Vivo pasados estos árboles. Será mejor que vengas conmigo y te haré un té.

– Gracias.

– Conozco a todo el mundo por aquí -le comentó él mientras andaban-, pero nunca los había visto.

– Venían de Inglaterra. Buscaban a mi padre, pero está fuera y eso los ha enfadado.

– A lo mejor no deberías cabalgar sola.

– No sabía que estaban ahí, y ¿por qué no puedo montar en la tierra de mi padre?

– Ah, sí, tu padre es el inglés del que todo el mundo habla. Pero esta no es su tierra, me pertenece a mí. Es sólo una franja estrecha, pero tiene mi casa, que no pienso vender.

– Pero papá me ha dicho…

– Te ha dicho que había comprado toda la tierra. Debe de haberse pasado esta parte; es muy normal.

– Oh, es preciosa -le salió del alma.

Al doblar una esquina habían llegado a una casita de piedra contra la falda de una colina y rodeada de pinos.

– Es mi casa. Te advierto que por dentro no es tan pintoresca.

Era cierto. El interior era muy básico, viejo y anticuado. A Becky le resultó evidente que había trabajado por mejorarlo, pues había herramientas y maderos por el suelo.



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