
– La tasa de supervivencia para un cáncer incipiente es muy buena -dijo Em con firmeza-. Después de la cirugía y la radioterapia es de más de un noventa por ciento. Y no es la horrible experiencia que solía ser antes. Sinceramente, Anna, los peores efectos secundarios de la quimioterapia son la pérdida de pelo y la fatiga que sientes mientras tu cuerpo recibe la medicación. Y eso no es gran cosa -sonrió-. Tú y tu hermano sois tan atractivos, que un cráneo brillante os haría parecerlo aún más.
– Y yo me raparía la cabeza para hacerte compañía -intervino Jonas, consiguiendo, al fin, que su hermana sonriera.
– No, no lo harías.
– Ya lo verás…
– Yo no quiero ser calva.
– Y no necesitas serlo -dijo Em-. El sistema sanitario de este país te dará una peluca si la necesitas, sea cual sea tu nivel económico. Y las pelucas son estupendas -añadió, sonriendo. La tensión iba disminuyendo-. ¿Conoces a June Mathews?
– Sí, claro -todo el mundo conocía a June, la administradora del pequeño centro comercial. Era una rubia despampanante. O, para decir verdad, era rubia hasta que se cansó de serlo.
– June no se tiñe el pelo -la sonrisa de Em se hizo más amplia-. Cuando se cansa de su peinado, se compra otro.
– ¡Bromeas!
– No bromeo. A ella no le importa que yo se lo cuente a la gente que necesita saberlo, siempre y cuando les pida que no se lo cuenten a nadie más. June tiene alopecia, es decir, pérdida del cabello, y lleva peluca desde hace veinte años.
– ¡No me lo puedo creer! -Anna estaba muy sorprendida y, por un instante, dejó de pensar en su problema.
– Créeme. Y yo sé que estaría encantada de ayudarte a escoger una peluca si fuera necesario. Le encanta comprarlas. ¡Una vez me dijo que escogerlas le parece más divertido que el sexo! -Anna parpadeó atónita y Em le dedicó una sonrisa tranquilizadora-. Pero, Anna, estamos yendo demasiado deprisa. Como ya te dije, es muy posible que sólo se trate de un quiste.
